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jueves, 12 de julio de 2012

Agradecimientos de una tesis...

Algeciras, 3,24 de la madrugada. Por fin he escrito el último capítulo, quizá el más duro (aunque nunca pensé que fuera así). Os dejo los agradecimientos de mi tesis, me apetece compartirlos con vosotros.

AGRADECIMIENTOS
Cuando comencé este trabajo de tesis leí algunos manuales básicos sobre metodología de elaboración de trabajos de doctorado. Cada uno hacía su especial énfasis en la dificultad mayor de éste o aquél apartado, y como conclusión además de aprender bastante de ellos he de decir en este párrafo inicial que ninguno acertó conmigo: la parte más difícil (aunque las más agradable por cierto) ha sido la de dar las gracias. Dar las gracias es un acto de justicia, pero requiere de esa memoria que en su endeblez puede ser traicionera y desleal, espero que aquellos a los que no cito no lo interpreten como desapego, quizá es que son demasiados, o yo demasiado agradecido (creo que esto último es menos probable…).

Este trabajo de tesis doctoral no habría sido posible sin la exquisita colaboración de los directores de tesis del mismo. Quiero agradecer desde estas páginas al Dr. D. Emilio Moreno Millán su continuo apoyo, las muy acertadas orientaciones, y la nada fácil tarea que ha tenido al evitar que me derrumbe en las múltiples vicisitudes que han ocurrido durante la escritura de esta tesis. Gracias a él me introduje en este mundo que ronda la gestión aderezada con la clínica y la epidemiología, adquiriendo, por su forma de presentarme las evidencias, un modo más integral y enriquecedor de la práctica médica y en especial, de su vertiente investigadora. Es difícil que estas breves palabras puedan mostrar todo el  agradecimiento que siento por él, en lo que respecta a este trabajo y, por supuesto, en lo personal.

En todo momento he contado con la ayuda, de magnitud indescriptible, del Dr. D. Indalecio Sánchez-Montesinos García quien además de suponer un elemento de ánimo e inspiración continua, ha facilitado toda la parte burocrática, formal y metodológica del presente trabajo, al tiempo que ha revisado el  manuscrito y hecho valiosísimas aportaciones al mismo. Hace muchos años alguien me dijo que un “profesor” enseñaba determinados contenidos, mientras que un “maestro” era aquel que enseñaba para la vida. Desde que asistí a las clases de D. Indalecio en primero de carrera me he honrado de disfrutar de su amistad y ha sido un modelo a imitar, aunque quizá esta dedicatoria sea la primera noticia que él tenga de ello. Hoy, uno de los motivos de mayor satisfacción al presentar este trabajo, es “devolver” en cierto modo toda aquella honestidad, caballerosidad y buen hacer que  me imbuyó, aunque haya sido con resultados a veces dispares.

Sería interminable la lista de personas a las que agradecer su colaboración en este trabajo. Salvador Peirò Moreno, quien sin conocer siquiera mi cara y a través del correo electrónico, mensajería (su adorado Skype), no dudó un momento en aclarar cuantas dudas le planteé  desde la inicial frialdad de una dirección de correo. He aprendido mucho de él, de sus trabajos y de sus consejos, pero sobre todo he aprendido dos cosas: que el camino trazado por otros es fuente indudable de conocimiento y experiencia a aprovechar, y que la generosidad de alguien a quien no se conoce personalmente puede ser muy superior a la de otros con los que uno se roza día a día en los pasillos.

Quiero también dar las gracias al Dr. D. Jesús Torío Durántez quien como director “oficioso” se ha brindado siempre a ayudarme especialmente con mi estilo “farragoso” de escritura y aportándome sus sabios consejos. Si hay un ejemplo en mi vida de cómo se puede llegar a querer a otro “maestro” duro, serio, pero a la vez el mejor de los amigos cuando ha  hecho falta, ése es el de Jesús, alguien con la misma capacidad para redactar con excelencia un manuscrito científico que para hacer el mejor Belén de la provincia. Gracias Jesús.

Por último en este apartado de dedicatorias en relación directa con el manuscrito, quiero agradecer la excepcional actitud y generosidad del Dr. D. Manuel Ruiz Bailén, quien corrigió el material realizando aportaciones de mucha valía, me animó de una forma que seguramente él ignora (pues en tanta estima le tengo que cada “OK” suyo era un empujón hacia el final del trabajo). Es otro claro ejemplo de médico y científico al que, sin tampoco conocer la cara, no ha dudado en leer, corregir, sugerir y en definitiva apoyarme, y por lo que estoy en perpetua deuda con él.  En el aspecto técnico de esta tesis seguro me dejo en el tintero a mucha gente, que espero sepan disculparme, pero la lista sería sin lugar a dudas, interminable.

No obstante, el territorio del “tesista” está revestido y rodeado de una red de personas que hacen que, día a día, la tarea sea sostenible y soportable, por ello quiero en este apartado mostrar mi agradecimiento a quienes en lo personal, han hecho posible este trabajo. Van al final, y no por ser menos, sino por  quedarme tranquilo en que no me ha de faltar espacio para tanto como les debo.

Maru, mi mujer, ha sido paciente y abnegada con esta actividad mía de tesista que tanto tiempo le ha robado y que no sé si alguna vez podré recompensarle. Sé que pese a los esfuerzos que este trabajo nos ha impuesto a todos como familia, a tantos ratos sustraídos a la pareja, la única queja que me ha brindado siempre ha sido la de mis desorganización –de todos conocida- y, por lo demás, ha sido fuente e inspiración para cada una de estas líneas. Espero que esta extraña forma mía de demostrarle amor (¡qué raro se hace decirle a alguien que se le quiere mediante un estudio epidemiológico¡) funcione, y creo que así será tanto en cuanto no me ha “despachado” ya por tanta merma personal como le he impuesto con este trabajo. Juanma y Maru, mis dos peques, son los reales herederos de esta tesis. Juanma aún guarda el primer borrador de la misma en un cajón de su escritorio de hombrecito de siete años, ella apenas si entiende de las largas horas que su padre pasa ante el ordenador y no en el parque jugando. Confío en que alguna  vez sepan perdonarme estos vacíos, que tenga tiempo aún para recuperarlos,  y cuando no esté, un tomo viejo en sus librerías les recuerde que además de quererles, les dediqué lo que sabía hacer, mejor o peor, pero con todo mi corazón.

Mi madre y hermanos no han sido ajenos a este trabajo, aunque sea por la pesadez de escucharme hablar de lo mismo hasta el hastío. Sé que mientras yo tecleaba confortable en mi despacho, ellos servían en el negocio familiar, sudando y sirviendo, caminando y corriendo. Un mundo distinto, pero del  que provengo, en el que aprendí el valor del esfuerzo y el calor de una familia. A ellos les debo lo bueno que pueda haber en mí y en este trabajo, lo malo…eso es sólo cosa mía.

Finalmente, pero quizá el más importante, mi padre. Fallecido de modo súbito hace  poco y al que no podría dedicar un párrafo como se merece, porque lo ha sido todo y me sigue acompañando. De él aprendí que las puertas del cielo están en la ilusión, la que puso en todo en la vida, la que me transmitió por el trabajo bien hecho. Quiero transcribir aquí unas palabras  escritas un año después de su muerte, a modo de homenaje, porque las fuerzas no me alcanzan para rememorar más dolor en esa pérdida: va por tí, PADRE

Hay guardias que se comienzan con un olor especial, otras tienen pequeños huecos que se rellenan de sonrisas y tristezas y algunas, afortunadamente las menos, se rellenan con puñales que jamás te abandonan.
Aquel 20 de septiembre, a media tarde, sonó el teléfono. Una mujer con voz desesperada decía que él no respiraba, estaba amoratado y la ambulancia no llegaba. Podía notarse la humedad de sus lágrimas cayendo sobre el micrófono del teléfono y llegando hasta mi auricular, humedeciendo mi mejilla.
El viejo maletín de emergencias, gris metalizado y relleno de ampollas, tubos endotraqueales y laringoscopio, abollado en alguna esquina de tantas carreras alocadas en dirección a la UCI o a observación, parecía mirarme diciendo «Abandona todo lo que tengas entre manos y corre, ¡corre!». Corrí, corrimos como locos en una carretera que seguía un trayecto serpenteante. La conocía bien. Pese a ello, nuestro destino parecía estar cada vez más lejos, pero no tanto como el de la ambulancia del centro de salud que tenía dificultades para localizar la ubicación de la finca.
Una vez que llegamos, lo vi. Varón, unos 60 años, inmóvil y con las mucosas y zonas acras azuladas por la cianosis. Reposaba en un sillón, plácida y, a la vez, cruelmente fallecido: no debía haber ocurrido hacía mucho y aquella maldita carretera no debió ser tan larga. Tantas cosas no debieron ser...
Del sillón al suelo frío de mármol, la piel aún caliente, las manchas de humedad en la frente, y la decisión alocada de «resucitar» como fuera aquel cuerpo inerte. Los libros nunca me enseñaron que los masajes cardíacos no deben hacerse a los muertos, tampoco me enseñaron que no se llora mientras se empuja el tórax de un paciente en ese movimiento maldito que indica que algo no puede ir peor. Aun así, lleno de rabia, impotencia y lágrimas, hice ese maldito masaje cardíaco, deslicé un tubo mediano a través de su garganta, inyecté adrenalina y atropina, primero en la carótida directamente, en la vía…  Las lágrimas no dejaban de caer sobre su frente inmóvil mientras yo masajeaba y la enfermera daba ambú y así unos largos 45 minutos, a sabiendas de que era mi primera y memorable resucitación cardiopulmonar a un cadáver.
Un ruido de coche se acercó con premura al terreno, venía ayuda. «Dos manos más, dos manos más...», gritaba mentalmente mientras continuaba las maniobras. La mujer y el hijo aguardaban a escasos metros, esperando que saliera de un momento a otro para confirmarles lo estéril de mis maniobras, esperando la frase que anunciara que todo había terminado mucho antes siquiera de llegar yo.
En un momento determinado, aquellas pupilas midriáticas como platos me miraron y me dijeron: «No es la atropina, es que me he marchado, me fui antes de que llegaras. Detente ya y cuidad de mi mujer». El monitor marcaba asistolia y con más lágrimas aún le dije a mi ayudante que lo dejara todo.
– ¿Cómo voy a dejarlo todo? –preguntó también con lágrimas en los ojos.
–Sí, se fue –acerté a decir quedamente.
Vomité todo lo que llevaba dentro sobre el viejo cubo de la cocina. A escasa distancia de aquel hediondo cubo, mi ayudante fumó junto a mí su primer cigarrillo después de años de abstinencia y, resignados, trasladamos el cuerpo envuelto en una sábana desde el suelo a una de las camas de la casa, donde esperamos al furgón que lo trasladó hasta el tanatorio.
No fui capaz de regresar a la cama donde yacía para retirar un anillo de su dedo, que me pidió su esposa. No fui capaz de darle un beso cuando salió de aquella fría sala con destino a su última morada. No fui capaz de tantas cosas...
Cada vez que oigo sonar el timbre que anuncia la llegada de un paciente crítico al hospital, vuelvo a sentir el temblor de manos de aquel día, el sudor me sigue embargando, aunque no las lágrimas –ya no me quedan–. Siempre me digo a mí mismo: «Después de aquello, pocas cosas aquí podrán ponerte nervioso ya», y suele funcionar, porque es verdad.
Cuando el furgón partió con el cuerpo, me acerqué a la familia; me abracé a mi madre y a mi hermano, y no hizo falta que pronunciara esas manidas palabras que usamos cuando alguien se nos va. Mi mujer aplastó la colilla de ese su primer cigarro tras largos años. Y sé que, esté donde esté, mi padre andará comentando orgulloso que su hijo lo dio todo por él (a él le perdono una mentira así). Yo sí que sé que no pude salvarle, que ese día sigue oliendo a olivas, las que él sembró allí, mezcladas con el sabor metálico del puñal que conservaré siempre dentro.
Hasta ahora, como médico, he descubierto muchas cosas, pero hay algo que vuelve una y otra vez a mi mente: sobrevivir a un hijo y no salvar a quien te dio la vida duele, duele mucho...

Juan Manuel García Torrecillas


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